Han tenido que pasar 36 años, para que el gen del deporte Maya se desperezara del cuerpo de mi hermana. 36 años para verla de corto y escuchando el compás de su respiración. 4,5 kilómetros para iniciarse. Una distancia más que aceptable teniendo en cuenta su extensísimo historial deportivo.

Después he continuado por mi cuenta en una nueva sesión de cyclocross por el río Llobregat. Sumando 2h30 y 70 kilómetros para las piernas.
Hoy no me he doblegado ante esta pared. Coronada sin poner las zarpas en el suelo. Un pinchazo a mitad de trayecto me ha mentenido en vilo para extremar las precauciones y esquivar cualquier atisbo de riesgo de reventón.

Lo que hubiese supuesto regresar al trabajo con la bici a cuestas. Por suerte, la cadena de pinchazos se ha detenido en el uno.

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