Hay ocasiones en las que perder el tren es lo mejor que le puede pasar a uno. Poco importa si el vagón que te toca ocupar retrasa tu llegada cuando en el andén no hay reclamación de puntualidad. Hoy ha sido uno de esos días. Después de circular con una apatía asfixiante y desalentadora durante más de 100 kilómetros, rodando en el grupo de cabeza sin ambición, sin atractivo en las carreteras, con cierto desánimo y con más frío que en el Bernabeu el miércoles pasado, un despiste en un punto de control nos ha dejado a Pascual y a mí solos en medio de no se sabe donde.

¡Qué maravilla!
Y acostumbrados a ir sobre raíles, en el momento que nos hemos tenido que poner a dirigir, nos hemos saltado un cruce de barreras sumando unos 15 kilómetros de más. Media vuelta y a buscar de nuevo el trazado correcto.

Pascual y Cuerpu
Punto en el que nos hemos encontrado con otro grupo de maquinistas despistados, entre los que se encontraban Cuerpu, Domi y Max. Reagrupados, y prestando más atención a la ruta y sus desvíos, hemos ido sumando kilómetros y más kilómetros por unas carreteras con un paralelismo con la filosofía Roulaix: tranquilas, sin vehículos y bonitas. Unos elementos que han contribuido a cambiar la cruz por la cara y concluir esta brevet de 217 kilómetros (para nosotros) en 6h41'. Un grandísimo día, en excelente compañía (sobretodo en el desayuno).

Con Pascual, Domi y Max. ¡Gloriosa paradita!

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