Hay dos ideas que definen realmente bien una brevet. Dos ideas que he escuchado en el transcurso de los 613 kilómetros.
Josep, randonneur de 51 años de Vic: Una Brevet no es una marcha, es una excursión personal.
Javier, randonneur de 37 años de Navarra: Yo no gané el año pasado, simplemente empleé menos tiempo que el resto de compañeros.
Y partiendo de estas dos aclaraciones, uno acaba acomodándose al nuevo mundo Brevet. Una excursión personal que me ha llevado a experimentar nuevas sensaciones sobre la bici en forma de aplacamiento a partir de la hora 17. Bien entrada la noche, sobre las 00:30 del domingo, con prácticamente 500 kilómetros en las piernas, he empezado a encontrarme fuera de sitio, destemplado después de un largo descenso, el latigazo del cansancio empujando mis párpados hacia abajo. He dejado de pensar en avanzar, o quizás en no pensar para seguir avanzando. Cama, cama, cama, cama. Es la única información que ha empezado a repetirse. Roda de Ter. Hostal a 400 mts. ¡Fin! Me paro. Me despido de mis grandísimos compañeros de escapada: Javier, Francesc y Joan. Ni siquiera pienso en llegar al control situado a escasos 8 kilómetros de donde me encuentro. Ya no quiero dar más bielazos. Deambulo hasta el Hostal. Cartel de cerrado. Me subo de nuevo a la bici para llegar hasta el punto de control y encontrar abrigo. Me pierdo; normal si se avanza con el interruptor apagado y los ojos en huelga. Alcanzo Folgueroles a las 1:05 am y los voluntarios se vuelcan para encontrarme una manta, una esterilla y acomodarme un improvisado rincón donde pueda aparcar la fatiga. A las 3:30 am oigo la voz de Domi, me levanto, lo saludo miro el reloj, y asocio las manecillas al FRÍO. Me retiro a mi cueva. A las 6:00 am oigo la voz de Búfalo, me levanto, miro el reloj y asocio las manecillas a un nuevo día.
Me desperezo, me reencuentro con dos de los tres compañeros, Búfalo y Zapata. Desayunamos y reanudamos la randonnée en compañía de Josep. Por delante casi 120 kilómetros. Armoniosos, calurosos, sufridos y agotadores. Un total de 22 horas (29 horas en total) de activo pedaleo para una excursión personal de 613 kilómetros.
Felicito, y no sólo felicito, sino que me quito el sombrero, o más bien el casco, ante Joan Compte, un jovencísimo randonneur de 21 años. Él ha sido quien menos tiempo ha empleado. Felicidades.
A Javier, como a Joan, también lo felicito por su extraordinaria calidad como randonneur, un extraordinario buenachón a lomos de su Prince, que espero y deseo encontrarme quien sabe en qué excursión personal.
Y como no, a Domi, por darle siempre un punto más de épica a sus kilometrajes infinitos y a Búfalo y Zapata por graduarse en el mundo mágico del ciclismo infatigable.